Me cuesta creer que el alma de los Dioses habite en una legumbre. Se lo han escuchado mil veces a Baudelaire en el club de los suicidas. Igual que la eterna y dichosa pregunta a los que llegan, ¿Cree usted que habría que modificar algo del Manifiesto Simbolista?
Allí, en el Café Eterno, donde atiende un barman que había conocido a Don Juan Belmote, los espíritus más refinados vagan melancólicos como en una interminable peli de Garci.
Hay algo de neblina rancia, de sabia vida muerta, de serena espera, en aquel club que puedes visitar siempre que quieras.

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